Por qué decir que sí a todo es la peor forma de trabajar

decir que sí a todo

Decir que sí a todo parece, a simple vista, la forma más rápida y segura de sacar adelante un proyecto. Pero suele ocurrir justo lo contrario: cuanto más se evita el conflicto, más se pierde el foco. Y cuando este desaparece, ¿qué nos queda? Este artículo va precisamente de eso: de por qué llevar la contraria a tiempo puede ser una de las formas más honestas —y útiles— de trabajar. Además, si te quedas hasta el final tendrás una recomendación culinaria. Toma clickbait. 


Imagina que vas a un restaurante italiano. Manteles de cuadros, prosecco, una foto de la Nonna en blanco y negro presidiendo el salón-comedor. Todo pinta bien, pero la carta es extensa y no quieres equivocarte. Así que le preguntas al camarero qué tal está la carbonara. “Buenísima”, responde. Le preguntas entonces por el risotto. “También”. ¿Y la amatriciana? “Espectacular”. ¿Qué me dice de las alcachofas? “Deliciosas”.

Llega un momento en el que el exceso de halago te hace sospechar que en esa cocina no está sucediendo nada extraordinario. Lo único extraordinario es la capacidad de ese señor para no mojarse. Miras a la Nonna. Te devuelve la mirada. Te preguntas si está generada por IA y si las pizzas “excelentes” están generadas por un tal Dr. Oetker. Tienes dos opciones: comer un menú mediocre o levantarte e irte.

Cuando todo es maravilloso, nada lo es

Algo parecido a lo que acabamos de presenciar en el restaurante italiano —del que, por cierto, al final te fuiste sin pedir nada— pasa en muchos proyectos digitales. Durante años hemos normalizado, e incluso romantizado, la idea de que el cliente siempre tiene la razón, como si la mejor forma de trabajar consistiera en asentir muy fuerte mientras alguien pide meter otro botón, otra sección o una funcionalidad extra.

Cuando el proveedor deja de aportar su experiencia y punto de vista para convertirse en una especie de mayordomo digital que responde “por supuesto” a todo, el proceso parece más cómodo, fluido y amable, pero en realidad se empobrece.

Porque si nadie se cuestiona nada, si nadie pone límites y si nadie se atreve a decir la verdad —”las alcachofas no son lo mejor de la carta, yo elegiría la carbonara”—, el proyecto empieza a construirse sobre una sucesión de decisiones tomadas más por diplomacia que por sentido común.

Cuando el proveedor deja de aportar su experiencia y punto de vista para convertirse en una especie de mayordomo digital, el proceso se empobrece

El gran problema de querer quedar siempre bien

No vamos a cargar toda la culpa sobre el pobre camarero italiano. En muchos sectores —y el digital no es una excepción— existe una especie de pacto silencioso según el cual el proveedor debe ser agradable, flexible y, a ser posible, poco conflictivo. O lo que es lo mismo: no debe llevar la contraria.

Porque nadie quiere incomodar a un cliente. Nadie quiere tensar una reunión. Y sobre todo, nadie quiere poner en riesgo una cuenta por discutir sobre un slider, una homepage plagada de CTAs o una sección corporativa escrita por un ChatGPT en horas bajas. 

Se aceptan, por tanto, decisiones que no convencen demasiado. Se posponen conversaciones incómodas. Se sustituyen opiniones discordantes por frases conciliadoras. Y, de repente, el proyecto empieza a llenarse de pequeñas renuncias que, aunque individualmente parecen inofensivas, todas juntas convierten el proyecto en una especie de Frankenstein digital. Un monstruo construido a base de síes.

En muchos sectores —y el digital no es una excepción— existe una especie de pacto silencioso según el cual el proveedor no debe llevar la contraria

Decir sí a todo no agiliza, más bien al contrario

El problema de alimentar un Frankenstein digital es que llega un momento en el que el monstruo empieza a caminar solo. La homepage ya no tiene un objetivo claro, sino doce. El menú se multiplica. Cada departamento reclama su espacio. Aparecen bloques que nadie recuerda quién pidió, funcionalidades que nadie usa y textos que no dicen nada. 

Todo, eso sí, hecho con la mejor intención. Pero esa intención tiene un peaje muy alto. Cuesta claridad, cuesta foco, cuesta experiencia de usuario y, muchas veces, cuesta negocio. Porque hay un momento en el que la web deja de estar construida alrededor de una idea y empieza a estar construida alrededor de concesiones.

Y ahí está la gran paradoja: muchas veces, lo que más perjudica un proyecto no es una mala decisión. Es la incapacidad de frenar a tiempo las decisiones mediocres.

El problema no es el cliente

Llegados a este punto conviene aclarar algo importante: el problema no es el cliente. Nunca lo ha sido. Es comprensible que quien dirige una empresa quiera opinar sobre su web. Faltaría más. Incluso tiene derecho a pedir la carbonara con nata.

El problema aparece cuando el proveedor renuncia a ejercer como proveedor. Porque un cliente no necesita a alguien que aplauda cada una de sus opiniones. Lo que necesita es alguien que traduzca, ordene, priorice y sea honesto con sus recomendaciones. Alguien que aporte perspectiva cuando todo el mundo está demasiado cerca del problema. O sea, alguien que diga que la carbonara italiana no lleva nata.

Un cliente no necesita a alguien que aplauda cada una de sus opiniones. Lo que necesita es alguien que traduzca, ordene, priorice y sea honesto con sus recomendaciones

Los pros de trabajar con honestidad

En algún momento hemos confundido profesionalidad con complacencia. Como si trabajar bien consistiera en sonreír mucho, asentir constantemente y evitar cualquier mínima incomodidad durante el proceso. “Todo está buenísimo”.

Pero los proyectos no mejoran porque todo el mundo esté de acuerdo todo el tiempo. De hecho, conviene sospechar de cualquier reunión en la que nadie discrepa. Cuando una relación cliente-proveedor funciona de verdad, hay debate, hay contraste y hay conversaciones en las que alguien dice: “entiendo lo que buscas, pero creo que hay una forma mejor de hacerlo”. Y eso no deteriora la relación, sino que la fortalece.

Lo contrario —aceptarlo todo para mantener un clima agradable— suele generar justo el efecto opuesto: proyectos débiles, decisiones tambaleantes y esa sensación rarísima de que nadie está especialmente convencido de nada, pero todo sigue avanzando igualmente. 

En Bluefish somos más de avanzar a contracorriente que de dejarnos dominar por la inercia. Por eso creemos que involucrarse en un proyecto también implica asumir el riesgo de incomodar de vez en cuando. No para tener razón, ni para imponernos, sino para lograr lo mejor para el proyecto.

En otras palabras: pide la amatriciana.